PARA QUÉ NO HAY QUE ESPERAR
Si una sola palabra pudiera definir esta novela sería «esperanza», que tantos hermanos gemelos tiene, como «espera», que es la que mejor detalla el día a día de los miles de seres asentados en la gran planicie antes de que se aclare su destino. «Expectación» ante los innumerables acontecimientos que se desarrollarán en esa espera o «perspectiva», que se diluye en dos planos, el carnal y el espiritual. «Confianza», la que ha depositado Sondhojo (ser con un poder subjetivo) en el protagonista para ¿llevar a cabo qué…? «Aguardo», como la guardiana de la frontera para satisfacer las necesidades de los que vuelven a perderse en tan insondable territorio. «Anhelo» o ese afán, ese deseo de traspasar las puertas que engalanan de luz dorada la gran muralla. Y, ¡cómo no!, «ilusión», porque soy «Optimista», como autor de la novela y protagonista de este relato autobiográfico, esperando que estos renglones de esperanza lleguen al máximo de corazones, que también combino con la poesía para embellecer esta narrativa y dar aliento a los desamparados en ese acecho, obligado, por la reina de los mortales, la muerte, y sin olvidarme del cuento, para satisfacer el aburrimiento constante que padecen los niños en ese lugar. Acabando con la «fe» o creencia de los millones de traslúcidos que debaten a diario sobre ella.
PARA QUÉ NO HAY QUE ESPERAR VOLUMEN II
En este segundo volumen, el protagonista, sintiéndose incómodo en su puesto, decide pasear bajo la tenue luz de las estrellas para aclarar sus ideas; pero sin darse cuenta se aleja tanto de las colas asentamiento multitudinario de seres que esperan tras su muerte esclarecer su destino) que acaba vagando perdido por el que llaman «el valle de las mariposas». En él, se encuentra con Sondhojo, su protector, que le advierte del riesgo que corre si no regresa de nuevo a su lugar de reclusión voluntaria. Tras debatirse en la duda, se decanta por conocer esos territorios, fiel a su arraigada curiosidad, que persiste desde su llegada a este confín amurallado. En ellos se topará con zonas pobladas de personajes variopintos que, aunque no llegan a aclarar sus dudas, le confortarán como pago al situar su nueva vida en riesgo mortal. Como viene siendo habitual en ese plano, cada vez que se traslada al mundo de los sueños recuerda con añoranza su anterior pasado siendo carnal, como antídoto a su enrevesado presente en ese espacio espiritual en el que se encuentra. Un catastrófico cambio climático que se implanta en la planicie hace que, tras volver, se plantee retomar sus viajes por ese planeta en busca de esas respuestas que ansía desde su aterrizaje en las colas.
PARA QUÉ NO HAY QUE ESPERAR VOLUMEN III
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